23 ene. 2010

Daiquiri Blues - Quique González




Una mañana de sábado de 2002 tecleaba anuncios por palabras para "el Pais" y el ABC simultáneamente subcontratada por una empresa de mierda con un sueldo de risa en el segundo piso de un edificio de oficinas en una zona industrial al Este de Madrid. Mi única via de escape: la música que salía de mis cascos mientras mis dedos manejaban información de primera mano sobre temas apasionantes: ofertas y demandas de empleo, venta y alquiler de inmuebles, o la más rentable para este tipo de publicaciones: "Ainoha, escultural, se alquila por horas", "universitarias cachondas comparten habitación..."

Siempre me atacaba el sueño. Soñaba con excavar un túnel desde la cutreoficina donde pasaba 8 horas de reclusión denigrante, hasta el edificio colindante donde la información de "verdad" era tratada por redactores con un sueldo decente. La ventaja es que los periódicos me los leía gratis, desde entonces no me los creo. Pero aquella mañana un titular del suplemento Tentaciones hizo que sintiera un agradecimiento sin predecentes de pertenecer a una empresa como aquella. El titular en cuestión: Poesía del Abandono "Este es el tipo informacion que siempre quise manejar" pensé. La foto que lo acompañaba reflejaba a un tipo trajeado acariciando una guitarra con una media sonrisa tratando de esconder sus pies desnudos; a un lado un cubo de basura, en el suelo una botella de coñac y una copa. Imagen a medio camino entre un Bécquer moderno y un Bukowski aseado. Empecé a emborracharme, era eso o seguir picando a saco palabras x minuto con mis castigados dedos. Resulta que el tipo elegante y formal era un cantautor madrileño con tres discos a sus espaldas. Ni rastro de ese chico de mirada pícara en ningún punto del dial. Eran los tiempos de la Gran Depresión OT. El periodista se colaba descaradamente en la "Guarida de músico bohemio y piso de matrimonio jubilado" Empiezaba a sospechar que no se trataba de la típica estrella sino de un tipo muy normal con tendencia al caos que hace canciones.



Justo en esa época un amigo me invita a un concierto en el Galileo "ya verás, te va a gustar". Gracias a la amistad que unia a mi amigo con el técnico de sonido nos quedamos en la barra invitándonos a unas birras mientras el músico de la noche ensayaba. No sé que extraño influjo produjo tal visión en mi que inmediatamente descubrí mi vocación tardía. Lo ví claramente. Quise ser cantautora rock, desgranar canciones con una guitarra como la que este tipo afinaba mientras esperaba la hora de verdad. Pero eso fue justo antes de verme también nítidamente pilotando helicopteros.

Cuando comenzó el concierto ya no eramos sólo cuatro gatos incluido el técnico de sonido, mi amigo, la camarera y yo, sino legión. Para tratarse de un artista tan desconocido que ni las emisoras se molestaban en dedicarle unos minutos, aquello estaba demasiado petado (no habia llegado el momento de las redes sociales) Llenazo absoluto y sólo gracias al boca a boca de toda la vida. Para colmo la conexion del músico con los presentes era total gracias a una voz envolvente y acogedora, ideal para colocarla junto a la chimenea de una cabaña aislada entre kilométricas mantas de nieve virgen extendiéndose a su alrededor. La voz fué lo primero que me captó para la secta, luego las melodias (Salitre y Pájaros Mojados) y por fin las letras. Me tocaban muy de cerca sus personajes de serie B con los sombreros llenos de lluvia. "Buena recomendación" me dije mientras intercambiaba fluidos con mi amigo sin quitar ojo al tipo de la guitarra que se dejaba el corazón y la cabeza a partes iguales sobre el escenario.

Así fué como me dejé llevar por la canción nº 1 del repertorio del tal González hasta la 98 que cierra su último disco: Daiquiri Blues. Y es que desde entonces me he ido metiendo a hurtadillas en los entresijos musicales de este tipo, puede que no tan tímido ni tan solitario como lo pintan, amante del mejor amigo del hombre (el perro), que va a su bola musicalmente hablando y que llena sin querer escenarios como la Riviera y seguramente hasta plazas de toros y estadios como el Santiago Bernabeu si alguien se lo propusiera. Me pregunto si sería capaz de pagar tan alto precio por ello.

Esta mañana de sábado después de tantos años como discos tiene el cantautor (menos rock y más blues) tecleo ante el ordenador de mi casa en la zona Este de la ciudad tras haber pasado por varias categorias laborales y un sin fin de aventuras personales salpicadas de noches de bares y descubrimientos musicales de todo tipo. Sin periódicos que ojear, abro la carpeta color -el-lado-oscuro-de-la-luna- que encierra lo último de Quique González:

UN DAIQUIRI
, veneno de melancolía pura, mucho menos castizo que aquel coñac del 2002, más intenso, a veces más dulce, con la graduación justa; la sonrisa perdida, la mirada más dura, la voz impecable; las manos de obrero de la música especializado en averias y desperfectos abriendo suavemente la americana calada de tormentas que habitan en su interior. Destripo en una habitación prestada a media luz secretos asomando de una maleta siempre dispuesta a salir disparada camino al aeropuerto más cercano en un coche de segunda mano, evitando peajes, huyendo de cuentas pendientes;
mechones olvidados en una vieja cajita de música y soldaditos de plomo, algún libro, algún disco de un colega, y las Ray-Ban empañadas. Siempre a miles de kilómetros de cualquier ruta o hacia ninguna parte.

Me quedo con la sensación de que detrás de la perfecta profundidad del rio lunar en el que Quique hunde esta vez los dedos de sus pies temblando por no echar demasiadas raices, el sol quiere seguir brillando. Se desmarca y casi casi lo consigue en su 8º intento porque antes que ser famoso, González, prefiere ser ese eterno desconocido al que todo el mundo está deseando descubrir.


(Me ahorro comentar los detalles técnicos de Daiquiri Blues ya que los podeis encontrar fácilmente en cualquiera de las más de 150.000 entradas que aparecen sobre el tema en el Google)